Yo no leo poesía (por Sebastian Barrasa)

Cuántas veces hemos oído la expresión: “yo no leo poesía, porque no la entiendo”.

Lo que los autores de la tan citada frase debemos descubrir, es que la poesía no apunta a la cabeza sino al corazón (en el sentido visceral de la palabra). La poesía es esencialmente emoción; una comunicación desde el adentro del poeta, hasta el adentro del lector.
Imagino cuán aburrido puede llegar a ser “entender” la disposición de las notas en un pentagrama; y sin embargo hay una lógica (incluso una aritmética) en la relación armónica de las notas. Pero la música no es eso. La belleza de una melodía no está en el dibujo de sus notas (que, por otra parte, no es más que una convención occidental y casi contemporánea). La belleza del poema, tampoco.
O también; porque el dibujo de las letras, es decir: el lugar de la hoja en donde el poeta decide ubicar las palabras, le agrega sentido a la cosa. Sentido, en el sentido significativo de la palabra sentido, y también, en su sentido sensible. Porque la poesía se siente y se “siente”, acá.

Pero el problema no nos incumbe a los poetas. Ni siquiera lo tenemos los lectores. El problema, esencialmente, es de los analistas crónicos: esos tipos tan feos (a quienes uno tanto se parece), que parados frente a una plancha, intentan descubrir porque se calienta el acero y la camisa queda arrugada y llegan tarde a todos lados. Esos señores sin gracia que tratan de explicar tanto la existencia de dios como del átomo o el amor. Y el problema del problema, es que estos tipos le ponen tanto ruido a la cosa y un poema que sólo quería reflejar la pasión incondicional de dos amantes o el canto de un bosque o las impresiones de lo urbano, se transforma en volúmenes tediosos de tratados sobre la poesía, discusiones disolubles en el aire, o artículos destinados al olvido, tan imposibles y contradictorios como éste.