Sobre la poesía como consuelo (por Alejandro Bennet)

La poesía permite (además de todas las sensaciones brindadas por la misma poesía) la creación de artículos varios que hablen de dichas sensaciones o de los muchos recovecos que se forman a la hora de intentar congeniar con el lenguaje y crear un poema. A continuación: una opinión personal.
Leí que para alguien (creo que era mujer pero los apodos a veces son hermafroditas) la poesía es una manera de evitar el dolor de cabeza, pura expresión sin filtro en donde todo vale por el simple hecho de haberse ocurrido, un juego entre una cosa y otra bajo relaciones lúdicas que en lo profundo no guardan ninguna relación con algún sentido.
Yo sí pienso que en la poesía hay expresión, pero con ciertas reglas –que se pueden romper con conciencia de estar siendo avasalladas- . No es de retrogrado, es de obsesivo, de histérico. No soporto que alguien crea que cualquier resultado salido de la mente humana es valioso de por sí. No soporto que crean que la existencia humana es valiosa siquiera. No soporto que como existe el surrealismo (y sí soporto al surrealismo) , los millones de tartamudos que no pueden coordinar versos crean estar haciendo poesía de vanguardia.
Creo que aún hay un sentido que construir. Las cosas sin razón de ser que las engrane el psicólogo. La literatura no es el lugar liviano en donde las personas con problemas de realización social mandan todas sus insatisfacciones en forma de sonatina y dicen hacer poesía por poner la frase “estoy muy triste” con cortes en el medio:

Estoy
muy
tris-te

hete aquí que cualquier hijo de vecino es poeta, y de los buenos si se animara una rima:

…Estoy
muy
tris-te
…hoy

hete aquí el Quevedo del siglo XXI.
Leí en algún otro lado que la poesía es un bálsamo terapéutico, una droga contra las malas experiencias que calma la pena y que nada cuesta, accesible a cualquiera. No. Llámenme aristócrata, facho, o soberbio; pero la poesía será para que la lea cualquiera (no por eso la disfrute), y no para que la escriba cualquiera. Descreo de aquellos que sienten ganas (que llaman “ganitas”) y se pone a combinar las cuatro palabras que conoce del diccionario. La poesía es inaccesible, la poesía es un libro cerrado al que no se podrá llegar nunca más, la poesía ya está hecha mal que le pese a Lautreamont con su “la poesía debe ser hecha por todos”… por todos los que tiene un cuarto de concepción poética le falto decir al francés para que su frase leída frente al espejo significara algo más para mí.
Lo que resta son nuestros poemas vivientes, nuestra generación de homenajes sin pretensión que así –aspirando a nada-, algún día tal vez se filtren en aquel libro sellado. Los poemas son para todos, incluso para mí; la poesía no (o al menos no me siento digno).
Y después de entendido esto, cada uno lo que quiera. Sus imágenes mínimas, sus bálsamos terapéuticos, sus manchas en la hoja como poema visual, etc.
Yo elijo respetar de otra manera al lenguaje, elijo aferrarme a formas antiguas, sentir el ritmo como una música, construir el sentido antes que la forma –pero construir después la forma-, atarme a ciertas reglas para poder llegar a algo a pesar de esas reglas, jugar conjugaciones, pecar con culpa, leer cientos de veces más que escribir, ver en la literatura el más dulce de los horrores, la pasión más desgarradora, el estrés más mágico.
Elijo vivir de letras, y con ellas polemizar, y con ellas congeniar.




Podés leer mucho más de él en El movimiento de la sombra


Alejandro, según él mismo:

Nacer, lo que se dice nacer, nací. Después me ocupé de ciertas labores un tanto envidiables como ser chico. Mi infancia duró hasta los dieciséis o diecisiete, hasta esa edad jugué todos los días, al menos una vez, a la escondida, a la pelota o a la mancha (aunque a decir verdad la mancha siempre me aburrió). Después conocí a las mujeres de la manera obsesiva que cualquier adolescente las conoce a los catorce. No creo que me haya enamorado en la secundaria, pero sí tuve mi chica predilecta, eso hay en la juventud temprana: predilecciones.
Al final dejé de ser una etapa de la vida y me convertí en mí, y todavía me sigo convirtiendo: tuve una novia, algunos estudios, varios viajes y suertes cambiantes. Hoy en día soy lo que escribo, porque hoy en día (hoy es la eternidad) las cosas se hablan escribiendo.