El principito: según Fercé y FF

Fernando Falcone: El principito y el maestro

...y en el último planeta había un maestro. Apenas llegó, el principito se dio cuenta de que aquel era un lugar muy especial, porque todo el planeta estaba cubierto con hojas llenas de palabras.

-Hola -dijo el principito.

El maestro estaba sentado detrás de una mesa muy flaca. En la mesa había un millón de hojas apiladas unas sobre otras, y no estaban muy bien ordenadas, se tambaleaban, así que el maestro cada tanto tenía que detener lo que hacía para evitar que todo fuera a parar al suelo. El principito no podía ver qué había detrás de todas esas hojas, y se puso un poco triste, porque a él le gustaban las hojas blancas, porque en las hojas blancas uno podía dibujar corderos y también flores.

-¡Hola! –dijo el maestro dando un salto- ¿Quién sos?

- Esas son muchas hojas -El principito nunca había visto tantas hojas juntas.

-Un millón –contestó el maestro orgulloso- Sentate, te estaba esperando.
El maestro desapareció una vez más detrás de las pared de hojas blancas y cuando volvió a aparecer tenía una silla en sus manos.
-¿Cómo sabía que iba a venir? –preguntó el principito sorprendido. No recordaba haberle dicho a nadie que visitaría este planeta.
“Es verdad que llevo mucho viajando” pensó el principito “y que hablé con muchas personas, con el rey sin súbditos, con el vanidoso que tanto gustaba de sí mismo, con el borracho que tomaba para olvidar que tomaba, con el hombre de negocios que no tenía tiempo para escuchar, con el farolero que tenía tanto trabajo prendiendo y apagando, con el geógrafo que no era aventurero; es verdad, eran muchos, pero ninguno conocía al maestro.”
-Tomá, una hoja y un lápiz.
-¡Gracias! –dijo el principito contento porque le gustaba mucho dibujar- pero ¿cómo sabía que iba a venir?
-A todos los chicos les gusta escribir, así que siempre tengo una silla, un lápiz y una hoja en blanco a mano...
-¿Cómo sabía que iba a venir? -insistió el principito, que nunca renunciaba a una pregunta que hubiera formulado.
-Está escrito; todo está acá, en estas hojas
El principito no estaba seguro de entender lo que el maestro quería decir, pero no importaba, porque se dio cuenta de que le caía muy bien. Era el primer adulto que no parecía adulto.
-¿Y sobre qué tengo que escribir?
-¿De qué querés escribir?
El principito se quedó pensando un buen rato. Tenía el ceño fruncido y los labios muy juntos y en punta. Finalmente contestó:
-No sé, nunca nadie me había preguntado eso.
-¿Qué es lo que más querés en el mundo?
Y para esto no tuvo que pensar.
-Mi flor.
-Bueno, entonces. Le vas a escribir a tu flor.
Por un segundo la cara del principito se iluminó, pero inmediatamente después sus ojos se encorvaron de tristeza. El principito no podía escribirle a su flor.
-Mi flor no sabe leer -explicó el principito- sabe hablar, y le gusta dar órdenes, pero nunca aprendió a leer, y es tan vanidosa que mi carta la va a lastimar. –Y agregó- Y como yo no estoy ahí, no va a tener a nadie para dar órdenes y sentirse mejor.
Como al maestro no se le había ocurrido que su flor no supiera leer, se hizo un silencio azul profundo. Los dos se quedaron callados mirando el suelo.
-¡Ya sé! –festejó el maestro de pronto, y empezó a correr alrededor de la mesa del millón de hojas apiladas.
El principito no entendía qué sucedía, pero como el maestro le caía muy bien, y como parecía feliz haciendo lo que hacía, él también empezó a correr. Y como un millón de hojas son muchas hojas, y el planeta muy chico y muy redondo, las patas se marearon y la mesa muy flaca cayó al suelo. Las hojas empezaron a volar, como si de las palabras nacieran alas, estaban por todos lados. Unas se movían más rápido que otras, algunas se doblaban, o se estiraban; cada una buscaba su propia forma.
Entonces el maestro le explicó al principito que en cada una de esas hojas había una historia, un lugar especial. Y el principito no era un mayor, él prestaba atención, nunca dejaba una pregunta sin respuesta, y el hombre de negocios le había enseñado a contar hasta muy alto, por eso sabía que para un millón de hojas había también un millón de historias.
-Sí, pero en sólo una de todas esas historias está lo que más querés en el mundo.
-¡Mi flor!
Así que después de correr y de saltar, de oler y desenrollar, de espiar y preguntar, el principito encontró su historia, la que sólo él podía escribir, la que lo llevaría a su planeta y lo devolvería a su flor.
“Espero que mi flor no se ponga muy celosa” pensó el principito mientras se alejaba montado a su hoja “porque ahora que el maestro me enseñó el secreto que guardan las palabras, él también es parte de mi historia.”
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Este bellísimo texto fue escrito por Fercé (Fernando Casella), uno de los álumnos del nivel intermedio/avanzado del taller de creatividad literaria que coordinamos en el Centro Cultural Borges.

Fercé es un gran narrador con una base ensayística muy fuerte. Además (y esto es lo importante) es un tipo de puro corazón.
Aún no tiene un blog propio (estamos intentando convencerlo de que lo haga) pero pueden encontrar algunas de sus cosillas en los collages de cruzagramas.

El texto me fue obsequiado junto con otros tantos regalos en el día del maestro de este año.

Otro de los regalos fue la magnífica ilustración de FF (Fernando Falcone); alumno del mismo taller e ilustrador profesional. Ya ha ilustrado otros textos de los escritores de cruzagramas.

Además de ponerme (imagínense) hiperrecontraemocionado al recibir estos regalos (y no fueron los únicos), me da la sensación de que a Antoine de Saint-Exupéry, se le había escapado este capítulo.

Si alguno no leyó el principito, aún está a tiempo de hacerlo ya mismo. Es una de las más bellas obras literarias que se ha escrito...