Frío, pólvora y violín (por Marina Arévalo)

Zoilo se desliza por las calles arboladas. Acaricia y besa los capullos de las flores. Bailotea descalzo alrededor de la plaza grande en busca de una moneda y un aplauso. Guarda su violín sin cuerdas en el hueco del árbol. Con una caña y un sueño enhebra las notas.
A muy pocos se lo cuenta. Y cuando lo hace, sus ojos se nublan de pólvora y sangre. Entonces arma un cigarro y se va. El viento se lleva sus penas embolsadas y la piel se le agrieta hasta sangrar. Él vivió las bombas y las metrallas y sus pies se congelaron hasta dolerle.
Tenía hambre y sed y los zapatos rotos. Soñaba con un castillo enorme de chocolate que le sirviese de refugio, para dormir ahí, abrigado, y volver a ser niño y remontar barriletes hasta las nubes.
Se acurruca sobre sus rodillas y es un espiral humano sobre la escalinata blanca del amanecer que no llega nunca.
Zoilo tiene un monumento que alguna vez le dedicaron a todos ellos en un lejano 2 de abril. Pero no le sirve porque no aplaude, no le habla, no lo mira. No lo mima.


Marína Arévalo de Sacardo
Micros para viajar a donde quieras, Vol.1
(Ed. Artilugios)


Nuestro pequeño homenaje a los pibes que mandaron a morir en una guerra absurda, organizada por psicópatas y borrachos, en el año 1982, mientras el Pápa venía a consolarnos y se jugaba otro mundial de fútbol.