Palabras (por Ivan Ramirez Orcajo)

Sólo me envió un mail que decía: Hola.


A veces me pregunto si las palabras no escarban solas en el diccionario del mundo. De dónde salieron, cómo se aliaron sus letras y desembocaron en una licuadora de combinatorias múltiples Quién las mueve, quién las ioniza, quién las significa.
Se transportan por aires desconocidos, vientos cálidos del norte y lluvias ácidas del sur. Estas les imprimen sus comentarios, sus voluptuosidades y su eternidad. Hasta que una ráfaga fuerte y egocéntrica las golpea tan fuerte, que los conceptos se desarman en el cielo y una amnesia de expresiones se instala en los lugares hablantes. ¿Qué habrás querido decir con “hola”?.

Creo que expresan tu timidez cautiva. Ese animal entre rejas con una mirada perdida entre arroyos desamparados y espumas de chajaes. Quizá como retorcidos moluscos necesites de la celeridad para matar a los cronos. Estás lejos, pero estás cerca. Siento el rebote de tus palabras que entran punzantes como rayos que perforan mis poros. Quizá hables de mi propio de tigre enjaulado. En tal caso, privados ambos de salida, encontramos este medio, el de disparar voces escritas al aire, para encontrarnos polvorientamente en la fantasía. Quiero alfabetear tu mirada y el movimiento de tus manos. Caminar sobre tus ríos chaqueños y juguetear juntos con una mantis religiosa en las cercanías de los montes de lapacho. Sé que querés acariciar mi alma tanto como profanar mis creencias, despeluzar almohadas tanto como leerme un texto de Becquet. “Hola”, es escuchar el ruido de las chicharras de mi pueblo, es colorear mis paredes, es dibujar con tus dedos los deandros de tus ríos en el borde más sensible de todas mis pieles. Es entrarme en vos. No me importa ver la realidad de tu tercera dimensión, la imagino, la siento. No me importa que no estés aquí. Amo la poesía de tu palabra.
Son como verbos que se cuelan por cañerías ideales, atraviesan puertas trabadas y seguramente siguen su camino hacia agujeros infinitos. Es probable que dentro de millones años, los humanos ya no estemos por estos parajes y tus palabras seguirán prendidas a un viaje interminable. Inteligencias extrañas interpretarán el mensaje de almohadas, chajaes, cronos y moluscos. Mirarán extasiados la polaridad de lo cercano y su lejanía, lo sagrado y su profanidad. Verán el antecedente de la teletransportación, que nuestras manos eran renglones para depositar alfabetos, que la alquimia conspiraba como excusa para abrir las rejas de un tigre encerrado. Que se trataba de un acertijo en clave de poesía para accionar el candado que liberará a tus ojos de un horizonte fijo. ¿Qué idea se formarán de nosotros cuando se enteren que una brisa tibia, mojada de deseo, se empupilaba muy dentro nuestro, al son de una chicharra cantora y porteña? Morirán por la literalidad del alma acariciada. Y que no te extrañe que vuelvan en el tiempo a buscarnos.

Cuando toquen mi reja, no sabré distinguir mi existencia, sólo la abriré y diré: -¡Hola!


Ivan Ramirez Orcajo por el mismo:

No nací en Macondo, ni en los Alpes Suizos, ni a orillas del Mar Caspio, ni en el Palacio de Versalles, ni siquiera en las afueras del Taj Mahal. Lo hice a cien kilómetros al oeste de la provincia de Buenos Aires, en una tierra de humus fecundo, más fértil que las diosas Isis y Artemisa juntas. Por la época de Don Juan de Garay, un tal Capitán Navarro, entabló alguna conversa con los nativos a orillas de una pequeña laguna. A unos escasos metros de ahí aparecí en un gélido agosto.


Iván, que en realidad se llama Jorge Degui, fue uno de los primeros alumnos de los talleres de cruzagramas, allá por el año 2004 (cuando cruzagramas aún no era).
Actualmente ha regresado a perfeccionarse con Sebastián Barrasa en la escritura.
Además estudió teatro, es arquitecto y es un expresionante escritor cruzagramístico.



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