La no-crítica a Ratatouille

En estas semanas intensas de multiplicación frenética de niños y de consumismo, quería levantarles el pulgar a los muchachos de Pixar y su nuevo largometraje “Ratatouille”. Me había apuntado en el anotador los temas que quería destacar: que la animación es tan deslumbrante que parece filmado, que la fotografía le hace justicia a París, que jamás pensé que una rata pudiera ser tan querible, que el lenguaje corporal de los personajes es más rico que la alta cocina, que la música acompaña como una buena salsa, que las referencias en el humor a la cultura norteamericana esta vez se tomaron vacaciones, que en la trasnoche éramos todos grandes y no por eso dejamos de reírnos, llorar, comentar con el de al lado (a pesar de que eso en el cine no se pueda) y reflexionar.
Sin embargo luego desistí de hacer una crítica (incluso cuando me proponía elogiar el film en todos los párrafos), porque Colette y Remy se niegan a salir de mi cabeza. Ella, una chica que debe ser implacable en su trabajo y en su personalidad para poder abrirse camino en el mundo de la alta cocina, donde las reglas de juego siempre fueron dictadas por hombres chef de edad y panza avanzadas. Él, quien siendo probablemente el mejor cocinero de Francia (y el más obsesionado por la higiene) es despreciado por ser una rata, teniendo que resignarse a que el crédito se lo lleve un torpe humano.
Les pregunto a la cocinera y al ratoncito si en Francia existen leyes en materia laboral que combatan la discriminación, como las hay en nuestro país. Probablemente su respuesta sea afirmativa, o a lo sumo se encogerán de hombros porque no lo saben. Aún así no lograré tranquilizarme, porque estas disposiciones amparan a la persona que ya trabaja (aunque no sé qué tanto amparo brinda una indemnización cuando uno se quedó en la calle y no puede conseguir otro empleo.) La pregunta más honesta sería cómo protegernos de la discriminación a la hora de ir a una entrevista, porque al seleccionar personal suelen pesar la imagen, el sexo, la forma de hablar, las amistades; y ustedes me pueden ayudar a completar la lista.
Tal vez el texto a veces confuso de un legislador no ayude mucho. Tal vez dependa de la sociedad que deseemos reconstruir, en las palabras que elegimos (y en lo que no decimos), en nuestro trato hacia los demás, en lo que volcamos al escribir. Tal vez algún chico vea una película sobre un ratoncito y sueñe con alcanzar metas que los adultos tildarían de disparatadas. Y tal vez el señor canoso que lo llevó al cine se permita el espacio para reflexionar mientras se divierten juntos con la película y comen pochoclo.