El abanico de juegos de Julio Cortázar

La narrativa de Julio Cortázar conforma un prisma irrepetible. Sus escritos parecen redefinir el lugar de la literatura a partir de una mirada novedosa sobre las autores que lo antecedieron, y creando caminos alternativos para los que vendrían después. Y redefinir la escritura es redefinir la lectura. Uno de los ángulos más extraordinarios del prisma cortazariano es el lúdico. Hablar del juego como elemento fundamental del hecho literario es hablar de Cortázar.

Como muestra, alcanza con echar una mirada rápida a los cuentos de Todos los fuegos el fuego. Las claves están allí, y el desarrollo de esas claves se extienden a lo largo de su obra.

La propuesta de Cortázar, si no inaugura - no podemos olvidarnos de Las mil y una noches o de Alicia en el país de las maravillas, por citar sólo dos antecedentes-, al menos instala en el lector una nueva necesidad: la de leer jugando, buceando lo que el texto tiene y lo que el texto omite. Sus narraciones se salen de la página y nos invitan a buscar en otros espacios. En otros paradigmas. En nosotros mismos.


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