Feliz día del escritor... poetas!

Siguiendo con la idea de obligarme a escribir un texto por día (usando diferentes técnicas) , 
actividad que comencé el día 10 de junio y aún sostengo (ja)

El miércoles mientras caminaba para dar la clase del grupo del Taller de Creatividad literaria número 74
se me ocurrió este texto
y me lo grabé en el celular.

Lo pasé en "limpio" ayer a la madrugada (o sea, técnicamente hoy)
y me di cuenta que justo es el día del escritor
así que se lo dedico a ustedes!


Reducción
(por Sebastián Zaiper Barrasa)

Acababa de terminar la primera parte de lo que iba a ser su mejor saga novelística. Ese primer libro era perfecto. Le encantaba la historia, los personajes, la forma en que había descripto los escenarios, el trasfondo social de la historia, el trasfondo psicológico de las escenas. El final era sublime. Apoteótico. Y dejaba abierta la posibilidad de una segunda parte y el ya tenía incluso pensada la idea de la tercera. Claro que para eso había que esperar. Primero tenía que editarla y luego ver la respuesta que causaba en el público, y entonces sí. 
Pero la novela era tan larga y él, aún tan poco conocido, que ningún editor se la recibiría. Necesitaba hacer una sinopsis. Así fue que se puso a resumir la historia. Simplificó algunos personajes, resumió todas las descripciones, descartó detalles puramente estéticos, extirpó algunas de las tramas periféricas y se quedó únicamente con la trama principal. Y se dio cuenta que lo fuerte de su historia era esa trama. Era un argumento potente. Un argumento que lo decía todo y que bien escribirse como cuento. Y así lo hizo. 
Pero el concurso en el que deseaba participar, era de microrelatos. Y su historia le gustaba y de hecho lo más potente era el final. Así que le sacó la introducción (que era innecesaria porque se podía insinuar con una frase). Y terminó de eliminar a los personajes secundarios. Se quedó sólo con el principal, quien, al ser el único, ya no necesitaba nombre, y con eso se ahorraría otra cantidad de letras. 
Pero al releer se dio cuenta de que la mayor potencia de su microrelato estaba en el tema. No sólo en el tema, sino en la forma en que lo contaba. De hecho, la historia en sí era sólo una excusa para hablar de eso. Así que extirpó los últimos vestigios narrativos y se quedó sólo con lo poético. Una hermosa prosa poética. Potente, original. 
Y si le sacaba toda la puntuación y le daba un par de cortes a los renglones y le pulía un poco más el ritmo, lograría un muy bello poema versificado. Y también esto hizo.
Y al releer ese poema, se dio cuenta de que en los últimos tres versos estaba la verdadera esencia.
Cinco, siete y cinco sílabas tenían esos tres versos que ahora eran el todo de su poema. Y se río de la estupidez académica occidental que enseña que un Haiku es un poema de tres versos, con el primero de cinco sílabas, luego otro de siete y luego un último de cinco, sin entender nada del Japón ni del Budismo Zen. 

leyó sus versos 
nada tenían que ver
con ningún Haiku

y se los recitó a quién quisiera escucharlo.
Luego dobló la hoja una vez y otra vez y tantas veces como pudo, hasta que pudo meterla en la punta de una uña. 
Se rascó una oreja. 
Y desapareció.