Lo que descubrí con María Elena (por Jime "Mi nombre ya es..." Gonzalez)



Pienso en María Elena Walsh e inevitablemente me viene un recuerdo en particular a la cabeza. Tenía alrededor de seis años cuando mi mamá me mandaba a unas clases de “danza jazz” con una profesora de mi barrio. Corrían los años ochenta y esas cosas eran casi obligatorias para las nenas. Sin embargo, a mí no me gustaban nada. Yo quería tomar clases de dibujo o de cerámica, pero no; a las nenas les tiene que gustar la danza. Y, no es que no me gustara bailar, el problema es que era sapo de otro pozo: todas las nenas con sus mallas, sus medibachas, y yo, con mis shorts y mi remera; todas con zapatillas de baile. Claro, si digo que tengo tres hermanos y una buena cantidad de primos, todos varones, es lógico pensar que me iba a costar sentirme identificada con ciertas costumbres “de nenas”.
Así que iba a esas clases a regañadientes y las odiaba por completo, excepto una. Hubo un día en que llovió mucho y la asistencia se redujo mucho. Entonces, la profesora quiso que hiciéramos algo diferente. Nada de ejercicios clásicos. Puso un casete con canciones de María Elena Walsh y nosotras podíamos bailar lo que quisiéramos, podíamos crear lo que quisiéramos. Ese día disfruté la clase, ese día no fui sapo de otro pozo. Todas nos sabíamos las canciones y eso nos igualaba. No importaba si alguna bailaba mejor o peor, lo fundamental era sentir la música y que el cuerpo expresara ese sentimiento.
Lo que no recuerdo es si esa fue mi última clase de “danza jazz”. Supongo que sí. Al menos, para mi memoria fue así, ninguna otra cosa al respecto quedó grabada allí. Ninguna otra cosa podía superar el descubrimiento de saber que lo lindo del baile no eran las mallas, las medibachas, ni sentirse una nena como todas; lo lindo del baile era sentirse libre, sentir que no había reglas, que todo era posible. Las canciones de María Elena Walsh me enseñaron eso cuando apenas tenía seis años y no es algo que los años me hayan hecho olvidar, no es algo que los años me harán olvidar.
Muchas gracias, María Elena.
Mi nombre ya es canción para mirar.