En el nombre... (por GothicSue)

El cielo no estaba más claro ni más oscuro que otros días; ninguna luz lo iluminaba, como un designio sobrenatural. Como en tantas otras ocasiones el sol se había ocultado tras una espesa neblina, y sus rayos lograban atravesar ese techo opaco. Había posibilidades de lluvia y granizo, pero nada llegó a mitigar el paisaje. Las tinieblas no eran profundas en la zona, y el cielo, todavía, mostraba una débil claridad.

En suma un día como tantos otros, ni triste ni alegre, ni claro ni oscuro, ni sorprendente, ni ordinario por completo. Pero tanta ausencia de presagio, fuera acaso, el mismísimo presagio. No lo sabremos. Sin embargo, ése día su humanidad se dividió. Los relojes, los escribas, las clepsidras, las sombras, las lluvias, los ritmos dieron un giro y decidieron un nuevo tiempo. 
Su mirada se vació de la llama que encendía cuando daba su prédica, sus buenas palabras y sus profecías. Su voz se ahogó y dejó de anunciar el advenimiento del nuevo mundo. Su partida fue lenta, desesperante, inefable. Su piel ajada apenas ocultaba, como un viejo trapo, los huesos quebrados. De su pecho brotaba una lava tibia, su boca seca dibujó una mueca de idealismo. El horror y cualquier otra expresión abandonaron los consumidos rasgos de su pálido rostro, de sus ojos pasmados, de su mano extendida hacia la punta de piedra que señalaba al horizonte. No hubo ningún signo para él, ni para sus compañeros, ni hubo milagros, ni llegó el sanador de los enfermos, ni el consolador de los pobres, ni los tullidos se volvieron a parar, ni los ciegos volvieron a ver. Nadie pudo salvarlo, ni siquiera él. 
Le dieron un poco de agua. Enjugaron su desaliento. Algunos afirmaron que un relámpago rasgó el horizonte, dejando ver la línea de una cruz. Otros creyeron oír un llamado a un padre, con voz fuerte, que resonó por largo tiempo, como si proviniera de la eternidad. Inevitablemente, sucumbió. 

Era un hombre bueno, un joven inocente, en una isla, en un día que nunca estuvo en su calendario, mientras el conquistador recién llegado dictaba algo a su notario, para dar fe: porque conocí que era gente que mejor se libraría y convertiría a nuestra Santa Fe con amor que no por fuerza, les di a algunos de ellos unos bonetes colorados y unas cuentas de vidrio que se ponían al pescuezo… Ellos andan todos desnudos como su madre los parió...y todos los que yo vi eran todos mancebos, que ninguno vi de edad de más de treinta años: muy bien hechos, de muy hermosos cuerpos y muy buenas caras: los cabellos gruesos casi como sedas de cola de caballo, y cortos: los cabellos traen por encima de las cejas, salvo unos pocos detrás que traen largos, que jamás cortan… Ellos no traen armas ni las conocen, porque les mostré espadas y las tomaban por el filo y se cortaban con ignorancia. No tienen algún hierro: sus defensas son unas varas sin hierro, y algunas de ellas sólo piedra...

Algunos memoriosos, aseguran, haber oído ciertas palabras entre hipos y miedo: ¡Perdónalos, no saben lo que hacen!

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