Salir de la baldosa (por Karina "Zenun" Sacerdote)

la pesadilla de la hoja en blanco

Es escritor. Ama escribir. Por las noches piensa en historias que podrían ser escritas, palpita versos entre los pliegues de su almohada. Pero desde hace días nada pasa. Las historias se transforman en absurdos que no pueden contarse, los versos caen en manidas frasecitas dulzonas. Está sentado frente a la hoja en blanco. Se mira los pies inmóviles y se siente pesado, inútil. Sus pies están fijos en el centro de una baldosa imaginaria. Esta baldosa tiene las mismas medidas de la hoja que impávida parece tener ojos, boca. Dientes filosos que quieren morderle los dedos.
Y cuántas veces a nosotros mismos la hoja en blanco ha querido comernos. ¿Cuántas veces se convirtió en una baldosa que nos mantuvo quietos, temerosos, solos?
Andábamos bien, con pasos seguros, nuestros versos navegaban el papel, nuestras historias se movían entre los espacios y las sangrías. Y de pronto, como a este escritor, las notas de su sinfonía enmudecen y la dejan inconclusa. Las ideas se pierden e intentan (con efectiva intrepidez) evitar las palabras. Y las palabras, nuestras benditas palabras, de a poco se desdibujan y se van. Se pierden y nos dejan solos.
Solos y aturdidos frente un blanco infinito.
En el borde de nuestro sentido confesamos que ya no podemos salir de ese plano. No podemos expresarnos ni ser testigos, víctimas o victimarios de nuestros vocablos, porque se fueron, perecieron engullidos por el papel impoluto y por nuestra cobardía.
Con el cerebro aprisionado; con los puños hinchados por golpear tanto las puertas de la fortaleza en donde se esconden las musas, enmudecemos. Con el entrecejo fruncido y los minutos ahogados en rezos y preguntas, caemos en la verdad: nos hemos vuelto estériles.
En ese instante de verdad debemos darnos cuenta de que, si logramos salir del plano, podremos ser testigos del misterio creador; habremos muerto de esa ignorancia fulminante y estaremos a salvo. Seremos, otra vez, gozosamente prisioneros de la libertad de escribir cuando se nos plazca.
El escritor sabe que debe vencer el miedo. Sabe que tiene que despegar los pies de la baldosa y caminar o escribir en este caso. No es tan fácil, piensa. El silencio es una herida que sangra en esa hoja que nos teme, a la que también nosotros le tememos.
Una hoja en blanco se parece a un plano rutinario. Es igual a mirar sin ver, a oír sin escuchar. Un monstruo gigantesco que quiere devorarnos. Se asemeja mucho a una baldosa. Si sólo apelamos a su espacio, nuestros pasos serán cortísimos, absurdos, truncos. Caminar con la limitación que nuestro temor nos impone es arrojarnos a una nada que parece inagotable.
Sin embargo, una hoja en blanco puede ser simplemente eso. O puede transformarse en un espacio único para parir ideas. Un mundo nuevo en donde sentirnos descalzos y desnudos, y vivir, amar y desaparecer. Un todo inagotable que nos hace libres. Una nueva oportunidad.
No es más que un bloqueo, piensa el escritor y acaricia la hoja. Cierra los ojos y escribe una palabra cualquiera. Es el comienzo. Porque un escritor siempre encuentra la palabra siguiente.


Artículo publicado en Revista Axolotl

Autora: Karina "Zenun" Sacerdote 
Coordinadora de la sección poesía de la Revista Axolotl